Por qué este “black out” informativo ha sido tan catastrófico para el periodismo en Venezuela

En una situación como la que está sucediendo en Venezuela, donde el black out comunicacional de la tiranía impide que la información veraz fluya naturalmente, cualquier cosa puede ser verdad o mentira, desde un audio de WhatsApp hasta un tweet de una cuenta sin rostro; es el hábitat perfecto para quienes tienen el objetivo de desinformar y generar zozobra.

Pero aquí hay muchas cosas que analizar, entender y criticar, y lo primero que debemos hacer es cuestionarnos si la situación es tan grave como nos parece. Yo creo que es muchísimo mejor estar como estamos ahora, con ese montón de herramientas de comunicación modernas, a como estábamos, por ejemplo, en 2002, cuando dependíamos casi al cien por ciento de las señales de los canales de televisión.

Deberíamos ver como una bendición poder reportar algo de forma instantánea a través de una nota de WhatsApp o tomando una fotografía con un teléfono móvil y publicándola inmediatamente en Instagram o Twitter. ¿Que es un poco desordenado? Sí, ahora lo es porque estamos en un proceso de aprendizaje, pero irá optimizándose con el tiempo. De hecho, en estos días he visto a la gente mucho más preocupada por la veracidad de lo que escucha en comparación a como la veía en 2014, cuando las guarimbas, o en 2012, cuando el cáncer de Hugo Chávez.

Hay que entender que los procesos sociales en los que interviene el fenómeno de la comunicación son complejos, no son encasillables y sólo se pueden perfilar mucho tiempo después de que han ocurrido. Por eso, esto que estamos viviendo lo teníamos que vivir y gracias a Dios que así ha sido.

¿Por qué debemos, en proporción, valorar más el lado positivo de la comunicación alternativa que lamentarnos por sus defectos?

Yo soy de los que cree que lo que estamos experimentando ahora respecto a la censura de los medios de comunicación convencionales es el resultado de la hostilidad que todo el mundo (no sólo el gobierno) tiene hacia la libertad de expresión.

Si uno saliera a la calle y les preguntara a las personas si creen en la libre expresión de las ideas, probablemente todas dirían que sí, pero ese casi nunca sería absoluto, siempre habría un pero que lo acompañaría y daría paso al torrente de cosas que le sirven de excusas al Estado para controlar lo que decimos: que si no se puede insultar, que si no se puede llamar a la violencia, que si no se puede decir esto o lo otro porque es ofensivo, y así sucesivamente hasta que nos imponen un mandato como la Ley Resorte, cuyo contenido se resume a “no critiques al gobierno para que no te metas en problemas”.

Las redes sociales son simples mecanismos para la comunicación interpersonal inmediata como para la comunicación masiva; no pueden ser culpadas de que nazcan los rumores que escuchamos por ahí cuando estos son fenómenos que aparecen naturalmente ante un evento del que se tiene poca información segura; es decir, con o sin redes sociales, los rumores siempre existirán. Hubo rumores antes de que sucediera el Caracazo, hubo rumores antes de que sucediera el golpe de Chávez de 1992, antes de que sucediera el golpe de abril de 2002, durante las guarimbas de 2014, ahorita, y los seguirás habiendo en el futuro.

Por eso las redes sociales deben seguir siendo tan libres como lo son ahora y el rol de los profesionales de la comunicación en un contexto así es precisamente el que ya hemos venido cumpliendo: orientar a la gente para que recurra a fuentes confiables antes que todo.

¿Por qué esta situación ha sido tan catastrófica para el periodismo en Venezuela?

La primera cosa mala es que la gente ya se hizo la idea de que las redes sociales son más malas que buenas; es lo que he visto en los discursos de los opinadores y de los ciudadanos de a pie. De manera que ya se han sentado las bases para que en un futuro se le pida al gobierno que a través de su mandato coactivo restrinja los mensajes que en ellas circulan; no sé si será pronto o dentro de un tiempo, pero ya estoy resignado a que sucederá.

La segunda cosa mala es que la situación se ha prestado para que muchos comunicadores aprovechen de limpiarse el trasero con el código de ética del periodista. Por un lado están los empleados de los medios del Estado, que se prestan para hacer cosas como difundir imágenes de concentraciones antiguas del P$UV y venderlas como tomadas en directo para así encubrir el deficiente poder de convocatoria de Nicolás Maduro. ¿Que están obligados? Sí, pero aun así cada quien es dueño de sus acciones. Cuando esto cambie (Dios quiera pronto), esa gente debería enfrentarse a la revocatoria de sus licencias para ejercer el periodismo.

Por otro lado están los periodistas de los medios alternativos de oposición, que ciertamente están informando pero que se basan en ello para abrogarse la autoridad moral de meterse con otros. En estos días, por ejemplo, leí un artículo bastante desagradable de El Estímulo que, en lugar de ser el análisis irreverente del black out informativo venezolano que pretendía, era un compendio de comentarios burlescos y fuera de lugar, como aquel que le hicieron a un presentador de Canal i: “desconfía de todo programa en el que el animador muestra más transparencias que la animadora”.

Esto es exactamente lo mismo que hacen en Zurda Konducta, Con el mazo dando y La Hojilla, pero del otro lado de la acera. Y lo más curioso del asunto es que atacar a un presentador de la fuente de espectáculos porque la censura del canal en que trabaja no le permite pronunciarse ante lo que acontece en las calles de Venezuela, significa atacar a un muñeco de paja y no al enemigo real.

¿Hacia dónde debemos concentrar nuestra artillería crítica?

Yo no tengo nada en contra de un empresario que abra un medio de comunicación y determine su línea editorial a favor de una cosa u otra. Para mí, el problema está en el mercantilismo: cuando el Estado mete sus manos en el negocio de los medios ya sea que utilice a sus operarios para comprarlos o que descaradamente los privilegie con el dinero público.

En un escenario como el venezolano, donde el dinero que entra por concepto de publicidad a los grandes medios de comunicación no es suficiente para soportar sus enormes estructuras corporativas, resultan muy tentadoras las propuestas de financiamiento del Estado, y al final los propietarios de estos medios terminan aceptándolas, aunque no sea lo correcto.

Para nadie es un secreto la estrecha relación con el gobierno nacional que tienen las familias Cisneros y Camero, dueñas de Venevisión y Televen, respectivamente. Tampoco son un secreto los escándalos que envolvieron a Raúl Gorrín y a sus socios de Seguros La Vitalicia hace ya cuatro años cuando adquirieron Globovisión. Y eso sin mencionar a Wilmer Ruperti, el dueño de Canal i, quien en una alocución pública dijo: “Siempre me he sentido orgulloso de ser chavista y de decirlo”, además de hacer cosas tan bellas como pagar la defensa de los Narcosobrinos ante el sistema de justicia estadounidense o prestarse para grabar al diputado Juan Carlos Caldera mientras recibía un cheque suyo.

Y he aquí lo más triste del asunto: más que miedo a informar, estos señores y sus empresas, están tarifados para no hacerlo, están cuadrándose (naturalmente) del lado de quien les da de comer y de quien les dice: “No te pido que mientas, sólo que te calles”. Ellos deberían ser el principal blanco de nuestras críticas.

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Foto: por Brauilo Jatar | vía Instagram.

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